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Cuando el presente manda (Reflexión 2-Coronavirus)

En este artículo reflexión no hay ningún contenido de tipo ambiental, sólo emocional y rutinario.

Captura de pantalla de una nueva etiqueta de mi calendario: ‘Confinament Coronavirus’. De momento, del 13 de marzo hasta el 12 de abril.

Ya hace una semana que estamos confinados en casa y, de momento, todo el mundo dice y piensa: ‘Esto va para largo’. Las dos semanas previstas inicialmente parece que se alargarán un mes o más. Lo estoy escribiendo y no me lo acabo de creer. Será porque aún estoy en la fase de negación.

Negación de haber llegado a este extremo de personas muertas y enfermas. Negación de un sistema de salud saturado y exhausto que además, parece ser, no ha recibido el golpe más fuerte: la curva todavía está subiendo. Negación de mirar atrás y pensar que hace unos 10 días todavía cuestionábamos la gravedad de esta pandemia mientras seguíamos haciendo planes. Negación del vuelco que pueden hacer nuestras vidas de un día para otro.

Aurelio, gato feliz de estar rodeado de gente en casa. 

Pero la aceptación llega cada mañana cuando me levanto y abrazo una pequeña rutina que hemos construido entre todos en casa para que no se nos coma el día y la incertidumbre. Hoy, ¡el presente manda! Por mucha pandemia que haya, los 10 minutos de estar despierta en la cama antes de levantarme no me los quita nadie, sólo mis hijos cuando intuyen que ya estoy despierta y vienen a jugar a la cama. Me levanto, abro las cortinas y las puertas (hay que ventilar más que nunca), miro si hay ropa pendiente de lavar (si es que sí, enciendo la lavadora y sigo). No cito la visita al lavabo, claro, con la primera lavada de manos y de cara seguida de crema hidratante para ayudar a la piel a superar este trance tan antiséptico. Y no puede faltar poner una lata a Aurelio (nuestro gato); ahora mismo, el más feliz de casa.

Mientras todo se ventila, preparamos el desayuno. Aquí vamos por turnos: quien tiene hambre, come. Quiero decir en el desayuno. Yo soy la que se levanta más tarde (siempre ha sido así y el coronavirus no lo ha cambiado, de momento, y ¡que dure!). Y el resto del día transcurre entre tender la ropa, limpiar los aseos, jugar con los niños y ayudarles en algunos trabajos de la escuela, intentar trabajar (diría que es el momento en que estoy menos preocupada, porque me concentro en lo que siempre he hecho), etc. Aquí en casa, por ahora, desde el confinamiento sólo hemos visto dos películas y aún no he abierto ningún libro ni he podido pintar. No me he aburrido ni un segundo y tampoco he podido aprovechar para hacer lo que normalmente no tengo tiempo de hacer. Supongo que ya iremos cogiendo el ritmo y, como en las vacaciones, durante las cuales los primeros días pasan muy despacio y el resto se acelera, espero que pase lo mismo. De momento, la primera semana ha pasado un día tras otro, poco a poco.

Intentando trabajar con los niños cerca. 

Sigo con mi monótona rutina que no da para hacer una sitcom, pero que me ayuda a dar sentido a cada día que pasa. Si no se debe comprar nada (intentamos bajar a comprar sólo dos veces a la semana), todos nos quedamos en casa. Llega la hora de comer y comemos. Intentamos seguir un menú que diseñamos el primer domingo de confinamiento -lo hemos cumplido en un 50% de los casos- porque nos ayuda a tener ideas de comidas equilibradas. Está colgado en la nevera, ¡recordándonos que cada 3 o 4 horas toca comer! Y en cuanto a las rutinas, el viernes 13 de marzo, el primer día sin escuela, diseñamos unas que yo diría que no hemos seguido ningún día. Las rutinas deben ser más claras y deben ser recordables. Si las tienes que ir a mirar a menudo, ya no funcionan; o al menos a nosotros, no nos funcionan. Tú trabajas por la mañana y yo por la tarde. Los niños realizan trabajos de tal hora a tal otra. Y el resto, tiempo libre, de lectura, de deporte, de juegos de mesa, etc.

Luz, espacio y calor.

Hace casi dos meses que vivimos en el piso nuevo y ¡cómo la estamos estrenando! Justo enfrente tenemos una iglesia neogótica que desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche nos recuerda, cada hora, que el tiempo va pasando. Siempre sabemos qué hora es porque también marca los cuartos. Las campanadas suenan y rebotan en las calles vacías, sólo con alguna cola estática y distante ante algún comercio de alimentación. Qué impresión mirar por la ventana y ver calles sin vida, con personas de una en una con mascarilla y una excusa para salir en la mano: ¡un perro, un bolso o carro de la compra o bien basura!

Cuando salgo veo el Mogas de lejos, el bar donde desayuno muchos días, y recuerdo mi rutina de antes. Allí me conocen y sólo de entrar ya saben qué querré: tostadas con queso fresco o bien con jamón serrano, o bien tortilla de verduras, por qué no … y un café muy corto con leche de avena, en vaso y con azúcar moreno. Sólo de escribirlo se me hace un nudo en la garganta. ¡Preciada cotidianidad, te echo de menos!

Los pequeños de la casa, grandes heroínas de esta crisis.

Ahora mismo, lo que más me inquieta es la incertidumbre de cuánto durará todo esto. No tanto por el confinamiento. De momento no veo la luz al final del túnel. La enfermedad aún va al alza y la esperanza no encuentra ningún resquicio para hacerse notar. Pensar que hay gente en hospitales (algunos, de campaña) que no puede estar con sus familiares, y familiares que tienen un ser querido hospitalizado a quien no pueden acompañar. Esto me pasa por la cabeza a menudo y me hace sentir muy vulnerable y muy preocupada a la vez.

Pensar en ‘el después’ me pasa por la cabeza, de vez en cuando, con dudas: ¿recuperarán su trabajo toda la gente de los ERTOs? ¿Se llenarán los bares y las discotecas y los teatros? ¿Tendremos miedo de encontrarnos y tocarnos? ¿Cómo finalizará el confinamiento? ¿Por fases? ¿Por orden alfabético? ¿Abrirán enseguida las escuelas, los institutos y las universidades? Y también me he hecho esta pregunta: ¿qué es lo primero que vas a hacer? No creo que todos podamos salir a la calle de golpe, creo que será un proceso escalonado. Y quizás mi primer deseo no será el primero que podré cumplir, pero igualmente os los diré por orden. Primero, iré corriendo a casa de mis padres -donde ahora viven también mis tíos- y los abrazaré un buen rato. Después, bajaré a la calle con los niños y con sus ganas de correr y colgarse donde sea e intentaremos coincidir con amigos de la escuela, del barrio. Y si son tres los deseos que tengo que decir, el tercero será ir a tomar un café al Mogas y aprovechar para empezar a hacer planes con los amigos.

Escribo este diario en abierto desde la posición de alguien que sigue trabajando desde casa, que no tiene nadie enfermo en casa o en el hospital, que tiene un piso nuevo más grande y cómodo, con luz natural en todas partes y espacios exteriores para tomar el sol y respirar. Desde la posición de alguien que se siente muy querida y respetada en casa, con hijos sanos y divertidos, con una pareja que me conoce más que nadie y que cada noche me abraza, e incluso con una suegra que hace más de una semana vino a vivir con nosotros para no sentirse tan sola y que me trae una infusión de vez en cuando. Tengo amor, aire, comida y calor. Este confinamiento es una toma de libertades enormes, pero pienso aprovecharlo para plantearme muchas cosas, yo que puedo pensar. A quien no tenga todo esto, le quiero transmitir mi apoyo, no puedo más que pensar y sentirme afortunada de las condiciones privilegiadas de mi confinamiento.

No he podido aguantar dos semanas para escribir de nuevo. Seguramente porque sé que no serán dos, todos lo sabemos. Serán más, porque esto va para largo … (este artículo lo escribí el viernes 20, antes de que el confinamiento se ampliara 2 semanas más).



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